"El día que Tetuán volvió a mirar hacia Ceuta", por Soumaya Raissouni

Islam en Murcia - 05.08.26

Jóvenes en Tetuán a mediodía del 30 de julio de 2026 corriendo hacia Ceuta. Imagen IEM.

"El día que Tetuán volvió a mirar a Ceuta"

Soumaya Raissouni

El 30 de julio de 2026 salí de casa para hacer una compra en una tienda cercana, como cualquier otro día de verano en Tetuán. Mi vivienda está situada junto a la parada de Castillejos, una de las principales vías hacia la frontera de Ceuta. En fechas como la Fiesta del Trono es habitual ver una importante presencia de las fuerzas de seguridad en las calles principales, por lo que al principio nada me pareció fuera de lo común.

A pocos metros observé grupos de adolescentes corriendo, otros caminaban deprisa y algunos gritaban con evidente excitación. Mi primera impresión fue que acababa de terminar un partido de fútbol. Me acerqué a unos chicos y les pregunté quién había jugado. Su respuesta me dejó desconcertada: «Hermana, reza por nosotros. Han abierto la puerta de Ceuta».

No comprendí inmediatamente el significado de aquellas palabras. Sin embargo, en pocos minutos el ambiente cambió por completo. Los taxis dejaron de aceptar pasajeros con destino a la frontera y comenzaron las discusiones y los insultos entre quienes intentaban marcharse y quienes se negaban a llevarlos. Al mismo tiempo aparecieron motociclistas ofreciendo transporte por unos 500 dirhams, una cantidad muy elevada para la mayoría de los jóvenes.

Regresé a casa. Bajé las persianas, cerré las ventanas y, aun así, seguía escuchando los gritos procedentes de la parada de taxis y autobuses. Eran gritos de desesperación de cientos de personas que buscaban cualquier medio para llegar cuanto antes a la frontera.

La tensión era tan intensa que poco después decidí volver a salir. Caminé hacia la plaza Primo de Tetuán esperando encontrar el mismo ambiente de inquietud. Sin embargo, allí la escena era completamente distinta. Sonaban canciones patrióticas marroquíes, entre ellas Balek Hadik Bladek Rah Nta Mehsoud 3liha («Cuida tu país, porque muchos te envidian por él»). Mientras una parte de la ciudad vivía momentos de incertidumbre y nerviosismo, otra celebraba la Fiesta del Trono. La coexistencia de ambas realidades resultaba difícil de comprender.

Con el paso de las horas comenzaron a difundirse vídeos e imágenes de avalanchas en dirección a Ceuta. Se veía a menores de edad, personas con discapacidad e incluso grupos folclóricos intentando cruzar. La rapidez con la que circulaban aquellas imágenes aumentó todavía más la sensación de estar presenciando un acontecimiento histórico que marcaría profundamente la memoria colectiva de la ciudad.

"Cooperación entre Marruecos y España", Soumaya Raissouni 2021. Hilo sobre lienzo. Una costura entre dos orillas donde la política y la vida humana se entrelazan

Como tetuaní, esta escena me hizo recordar una frontera muy distinta. Durante mi infancia, Ceuta era una ciudad vecina donde muchas familias de Tetuán íbamos a comprar, pasear o disfrutar de la feria de verano. Existía un intercambio cotidiano que formaba parte de la vida de ambas ciudades.

Con los años también fui tomando conciencia de otra realidad: la dureza que muchas personas sufrían en la frontera. Recuerdo haber presenciado cómo agentes golpeaban con cinturones a porteadoras que transportaban mercancías. En otra ocasión, cuando viajaba hacia la península, la aglomeración era tan grande que los viajeros comenzaron a pasarse las maletas por encima de las cabezas para abrir un pequeño espacio donde poder respirar. Una turista canadiense repetía una y otra vez: «¿En qué siglo vivimos? Esto no puede ocurrir». Aquella escena nunca se borró de mi memoria.

Quizá por eso gran parte de mi obra artística universitaria estuvo dedicada precisamente a la frontera de Ceuta. Siempre la entendí como un «no lugar»: un espacio donde convergen dos mundos , dos modelos de desarrollo y profundas desigualdades entre el norte y el sur

Lo vivido el 30 de julio de 2026 me produjo una sensación difícil de describir. No era únicamente el impacto de las imágenes o del ruido de las calles. Era la impresión de que una frontera que ha marcado la historia de miles de personas volvía a convertirse, una vez más, en el escenario donde se mezclaban esperanza, desesperación, política y vidas humanas.

¿Hasta dónde pueden llegar los límites de la política? Incluso las guerras están sujetas, al menos en teoría, a unas normas del derecho internacional y a unos códigos destinados a proteger a la población civil. Pero ¿qué ocurre cuando la crisis no adopta la forma de una guerra declarada, sino de una crisis política o migratoria? ¿Cuál es entonces el papel de la sociedad civil internacional ?

Con demasiada frecuencia acabamos siendo arrastrados por dinámicas que no hemos decidido y que, en la mayoría de los casos, tampoco nos benefician. Como ciudadanos repetimos discursos, defendemos posiciones o nos alineamos con intereses estatales, mientras las consecuencias recaen sobre quienes menos capacidad tienen para decidir su destino.

Durante aquellos días escuché todo tipo de explicaciones: «es un chantaje político», «es una maniobra de presión», «Marruecos no puede ser el portero de Europa», «todo se debe al conflicto del gas con Argelia»… Cada parte encontraba su propia interpretación. Sin embargo, mientras esos discursos ocupaban el debate público, una madre buscaba desesperadamente a su hijo, miles de familias esperaban noticias y centenares de jóvenes estaban dispuestos a arriesgar la vida.

Al final, las etiquetas políticas importan poco para quien está viviendo el drama en primera persona. Detrás de cada cifra hay un rostro, una familia y una historia. La política puede explicar parte del contexto, pero nunca debería hacernos olvidar que las consecuencias siempre recaen sobre personas concretas.

La frontera entre Marruecos y España no separa únicamente dos Estados. Es también un espacio donde se encuentran historias compartidas, vínculos familiares, intereses económicos y esperanzas de futuro. Lo que ocurre en la orilla sur termina afectando, tarde o temprano, a la orilla norte.

Mi mayor preocupación no es únicamente la gestión de una crisis migratoria. Es el impacto que estos acontecimientos pueden tener sobre la convivencia entre comunidades que durante décadas han compartido una historia común. En un contexto de creciente polarización, existe el riesgo de que el miedo, la frustración y el dolor sean utilizados para alimentar discursos extremistas a ambos lados del Mediterráneo. Cuando eso ocurre, las primeras víctimas vuelven a ser siempre las personas más vulnerables.

También me pregunto cuál es el verdadero alcance de las instituciones internacionales. Si existen mecanismos de cooperación, tribunales internacionales y organizaciones creadas para prevenir crisis humanitarias y proteger la dignidad de las personas, ¿por qué con tanta frecuencia parecen llegar cuando el daño ya está hecho? ¿Qué margen real tienen para actuar cuando los intereses políticos de los Estados entran en conflicto?

No tengo respuestas definitivas. Solo sé que aquella tarde comprendí que las fronteras no son únicamente líneas sobre un mapa. Son lugares donde se concentran las desigualdades del mundo, donde la geopolítica adquiere un rostro humano y donde las decisiones tomadas lejos de allí terminan marcando el destino de miles de personas. Quizá la pregunta más importante no sea quién tenía razón desde el punto de vista político, sino si, como sociedades, estamos siendo capaces de proteger aquello que debería estar siempre por encima de cualquier frontera: la dignidad humana.

(Soumaya Raissouni es una artista marroquí residente en Tetuán, licenciada en Bellas Artes en Valencia)

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