Islam en Murcia - 04.04.26 - A.C.
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| Asistencia en el España-Egipto jugado en Barcelona. Foto: RFEF |
España no es racista, no es justo decir lo contrario, pero hay mucho racismo. Y últimamente cada vez más.
En los últimos días se ha generado un gran revuelo mediático a raíz de los cánticos racistas en el partido contra la selección de fútbol de Egipto. Y, sinceramente, me alegra. Me alegra que se visibilice una problemática que muchos prefieren ignorar, pero que forma parte del día a día de miles de personas, especialmente de quienes somos musulmanes.
Lo preocupante no son solo los cánticos en sí (que también, obviamente), sino las reacciones que los rodean en ambientes del día a día, en comentarios tomando café con amigos, en grupos de WhatsApp o en la oficina. Por ejemplo, en un grupo de WhatsApp, entre amigos, hubo quienes “lamentaban” no haber estado allí para participar. Todo, amparado bajo el paraguas de que “es broma”. Como si el humor pudiera justificarlo todo. Como si repetir un mensaje ofensivo dejara de serlo por decirlo riendo.
Otros directamente me decían que no entendían el motivo de la ofensa. “Solo estaban cantando que el que no botara era musulmán”, decían. Y ahí está el problema: cuando no se percibe el daño, cuando se normaliza, cuando se trivializa. El racismo muchas veces no se presenta como odio explícito, sino como burla constante, como señalamiento, como ese recordatorio permanente de que eres “el otro”.
Otro ejemplo: hace poco robaron a una señora mayor en mi pueblo mientras paseaba; le quitaron el bolso y un collar o algo similar. Me enteré porque lo comentaron en un grupo de amigos, donde alguien advirtió que tuviéramos cuidado porque, según decía, “dos moros” habían cometido el robo.
Al leerlo me sorprendí y me preocupé mucho: primero, porque se trataba de la abuela de una amiga mía; y segundo, porque es un pueblo tranquilo en el que prácticamente todos nos conocemos. Así que me interesé por lo ocurrido y le pregunté a mi amiga. Me dijo que su abuela estaba bien, que todo había quedado en un susto. También le pregunté si se sabía quiénes habían sido los ladrones, y me respondió que no: que en ese momento no había nadie en la calle y que la mujer no pudo verlos bien ni recordarlos.
Extrañado, volví a preguntar a la persona que había afirmado que eran “moros” si tenía alguna información adicional para sostenerlo. Me dijo que no, que simplemente era lo que se comentaba por ahí, y añadió que, si no eran moros, “muy cerca andarían”.
Ahí está: la semilla del prejuicio plantada. Y luego, si finalmente se demuestra que no eran musulmanes —como parece ser—, no pasa nada. El daño ya está hecho. Y así ocurre una y otra vez.
Y esto no son casos aislados. Basta con hablar con cualquier persona marroquí en España para escuchar experiencias similares. Todo ello sin contar las pintadas de “moros fuera”, ataques en redes sociales, etc.
El problema también se cuela en espacios más cotidianos, más cercanos. Personas con las que estoy compartiendo una conversación aparentemente normal, muestran rechazo cuando sale en esa conversación la figura de Lamine Yamal, por ejemplo. Les molesta que un musulmán pueda representar a la Selección Española. Sueltan frases como “ese lo que debería hacer es irse a jugar con Marruecos”. Cuestionan su pertenencia y no les importa decir que no celebrarán sus goles en el Mundial.
Todo esto no surge de la nada. Hay un caldo de cultivo. En los últimos años, el auge de discursos políticos basados en el miedo ha contribuido a normalizar ciertas ideas. Discursos que señalan al inmigrante —especialmente al musulmán— como problema, como amenaza, como culpable. Todo ello en busca de rédito electoral. Y lo más preocupante es que estas narrativas ya no son marginales, sino que han encontrado eco en amplios sectores de la sociedad.
No hace mucho, una encuesta del CIS señalaba que, para los españoles, la inmigración era el principal problema del país. Por encima de la vivienda, la inflación o los conflictos internacionales… ¡LA INMIGRACIÓN! Ese dato no surge en el vacío: es el reflejo de un discurso que ha calado.
Son muchas las veces que debato con amigos sobre estos temas y escucho afirmaciones como que los musulmanes “son lo peor”, que roban o que causan problemas, etc., etc. Sin embargo, cuando les pregunto cuántas de las personas musulmanas que conocen realmente encajan en esa descripción, la respuesta suele ser “ninguna”. Ahí es cuando les planteo la contradicción, y a menudo se quedan en silencio o admiten que su percepción viene de lo que ven en la televisión, de lo que se comenta en su entorno o de lo que leen en redes sociales. Es decir, están construyendo su opinión —e incluso su rechazo— a partir de ideas que no proceden de su experiencia directa, sino de relatos ajenos.
Ya lo expresó Lamine en su mensaje: racismo es igual a ignorancia.
En definitiva, España no es racista. Pero en España hay racismo. Y reconocerlo no es atacar al país, sino todo lo contrario: es el primer paso para mejorarlo. Porque lo verdaderamente peligroso no es que exista el racismo, sino que se niegue, se justifique o se disfrace de broma.
Otro día os cuento los comentarios de durante y después de la final de la Copa de África.

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